En la ciudad de la furia

Solo unos pocos encuentran el camino, otros no lo reconocen cuando lo encuentran, otros ni siquiera quieren encontrarlo
Alicia en el país de las maravillas

Bienvenidos a este blog personal y no tradicional de BDSM. Un blog que nace desde la perspectiva de una mujer “ejemplar” para el afuera, madre de familia, educadora, de conducta “intachable”, que de la noche a la mañana decide sacarse la careta, salir del clóset, seguirse a sí misma y emprender, junto a su pareja, el camino hacia esta práctica tan erótica, intensa, profunda y auténtica… un camino hacia las profundidades de los sentidos, que no sabemos hacia dónde nos llevará pero que estamos dispuestos a ir descubriendo.


Sinceramente, se me hace difícil comenzar este blog. Sobre todo si tengo en cuenta que se trata de un blog destinado a BDSM. Y es que todo fue tan rápido y vertiginoso para mí que todavía me cuesta pensarme a mí misma como practicante de BDSM. Años y años escuchando cómo quienes me rodeaban condenaban estas prácticas por considerarlas “satánicas”, infernales, horrorosas, hasta enfermas. Eran las voces de la moral y las buenas costumbres, lo “políticamente correcto”, el mandato social que una nena bien criada entre algodones debía cumplir, como buena exponente de una “intachable” familia católica, tradicionalista, argentina.

El colegio católico al que asistí toda mi niñez y adolescencia no hacía más que profundizar esa mirada condenatoria, tachando de “pecado” cualquier acción que apuntase al goce y al placer sexual por fuera de la procreación, como si el sexo solo pudiese realizarse cuando apunta a la perpetuación de la especie; de lo contrario, la absoluta prohibición. Son las mismas voces que dicen “no” a la educación sexual, “no” a la sexualidad, “sí” a la castidad, “sí” al recogimiento, “sí” a la represión… En fin, otra forma de masoquismo, pero hipócritamente encubierta.

Hace pocos días cumplí 40 años. No voy a negar que el cambio de década no me haya afectado y no me esté afectando. Todos mis cambios de décadas me han marcado de una u otra manera, solo que algunos me “pegaron” más que otros. Los 30 me resultaron muy intensos y felices, los recibí cursando mi primer embarazo. Había llegado luego de dos años de convivencia con mi marido, tiempo suficiente para que tuviéramos una charla en la que definimos que era hora de ser padres, que los años pasaban y estábamos en el momento justo, era “ahora o nunca”. Año y medio más tarde, llegó mi segundo embarazo, totalmente imprevisto pero sumamente feliz. Sin embargo, este cambio de década me sorprende de una forma totalmente diferente. Mis hijas son niñas grandecitas, y en el balance obligado comencé a darme cuenta de que si me enfoco en mi vida familiar, me siento totalmente realizada; pero si me focalizo en mi vida de pareja, siento que todo este tiempo no nos estuvimos conectando completamente. ¿Cómo explicarlo…? Es que, en el trajín cotidiano, uno se encuentra con su pareja de un modo mucho más “organizacional”, que pasional; casi como si de una empresa de crianza se tratara. Al menos así nos ocurrió a nosotros. Les aseguro que nuestras necesidades de pareja pasaron al final absoluto de las necesidades cotidianas, sin contar la cantidad de veces (la mayoría) que, doblada por el cansancio, el solo apoyar la cabeza en la almohada era motivo suficiente para caer en el abismo de los sueños más profundos.

La rutina matrimonial… hay tanto que decir al respecto, que ameritaría un tratado filosófico. Admito que durante casi una década fui restando importancia al plano sexual, tanto es así que hasta llegué a decirle a mi marido que lo sexual para mí había terminado, que ya no me interesaba. Es obvio que estaba reprimida, que como no tenía tiempo para pensar en sexo, prefería “borrarlo” de mi vida, sacarlo del medio para que no molestara. Mi marido, dulce y romántico caballero, me oía atento, pero sin decir palabra, respetaba mi actitud y se amañaba -como venía haciendo desde tiempo atrás- para satisfacer sus necesidades sexuales sin presionarme. Se las ingeniaba con pornografía on line, y con eso se conformaba. Sin embargo, algo cambió pocos días antes de mi cumpleaños, ya que comencé a sentir que la actitud que hacía tiempo venía tomando hacia el sexo había comenzado a molestarme. Debía reconectarme con el plano sexual, lo necesitaba, lo anhelaba. Algo había cambiado en mí de repente o, en realidad -como comencé a comprender más tarde-, nunca había sido más fiel y auténtica a mí misma. Algo había surgido desde mi interior, una voz a la cual siempre había acallado, una faceta de mí misma que siempre había estado oculta por el temor al qué dirán, a la mirada social. Y es que de pronto entendí que si el sexo había dejado de llamarme la atención era porque hacía demasiado tiempo que como pareja no le dábamos el espacio y la importancia que yo pretendía. Si bien nunca llegamos a perder la atracción, la piel, el acto sexual en sí se había convertido casi en un trámite, y esto era así por el poco tiempo y la poca tranquilidad que teníamos usualmente.

Lo cierto es que comencé entonces a oír mi voz interior y a buscar, a tratar de comprender, lo que realmente estaba deseando desde hacía tanto tiempo. Y no necesité mucho esfuerzo para que las imágenes siempre reprimidas volvieran a mí una vez más. Me veía vestida súper sexy, con corsette, medias y portaligas, dominando plenamente la situación sexual, la feminista desquitándose con el machito. El elemento con el que fantaseaba era el látigo, y siempre me imaginaba jugando y disfrutando. Veía a mi esposo atado a la cama como mi esclavo sexual para obedecerme, servirme y cumplir mis deseos más recónditos. Eso era lo que realmente me excitaba, lo que quería. Ahora bien, blanqueado esto, venía la peor parte… ¿cómo decirle a mi marido, un caballero, respetuoso al 100%, que mi fantasía era “pegarle”, “maltratarlo”, “humillarlo”, con amor…? La situación todavía se agravaba más, porque sumado a todo esto mis fantasías sexuales iban en aumento y descubría, atónita, que también ahora me excitaba pensarme como esclava, y no creía que él se atreviera a maltratarme en una situación sexual de ninguna manera… Estaba muy preocupada, porque ahora, a los 40, no quería seguir reprimiéndome, ocultando y desoyendo mis deseos, y no sabía si mi pareja me iba a seguir en este “oscuro” camino. Yo tanteaba el terreno y de a poco comencé a plantearle mi inconformidad muy suavemente. Culpaba a la rutina de ser la causante de nuestro “sexo express”. Cierto día, me animé y le dije que me gustaría prepararme más para tener sexo, que quería darle un lugar de importancia al acto, preparándolo mejor. Le dije que me gustaría disfrazarme y él se sorprendió gratamente. Entonces, como lo noté bien predispuesto, avancé un poco más y le comenté que una de mis fantasías era esposarlo. Él quedó pensativo. Interiormente, creí que me diría que estaba loca pero, por el contrario, pareció atraído por la idea. Y así, entre risas y miradas, fuimos pactando inocentemente nuestra primera sesión BDSM.

Buenos Aires, 01 de septiembre de 2018
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